Jueves, 03 Septiembre 2015 13:47

Una explicación a los lectores

Canarias 7.

A sabiendas de que la incomprensión, como la responsabilidad, van con el cargo, hoy creo que debo una explicación a los lectores de este periódico. Me refiero a la foto que ilustra la primera página, con un militar turco recogiendo el cadáver de un niño que, como miles de personas, están saliendo de sus países huyendo de la guerra, la hambruna, la miseria o los tres factores juntos.
Marcaba el reloj las 23.15 cuando tomé la decisión de que esa fuese la foto de portada. Jugaba con una ventaja: en ese momento, y por aquello de la diferencia horaria, ya sabía que una imagen de la misma secuencia iba a tener un tratamiento similar en los periódicos que se editan en Madrid. Pero eso no era suficiente para apagar las dudas: ¿es necesario mostrar tanta crudeza?, ¿dónde queda aquello de respetar el derecho a la imagen y la protección de los menores?, ¿es preciso amargarle así el desayuno a los lectores?
En el otro extremo estaba la certeza de que ojos que no ven, corazón que no siente. Nos ha pasado una y mil veces con guerras que olvidamos porque apenas queda nadie para contarlas y nos sucede con el drama del exilio forzado, con esas gentes que se juegan la vida y la pierden después de haber dejado por el camino el miedo. Porque esos muertos que recoge Europa y esos vivos que Europa ahora no sabe dónde meter son los que salen corriendo de esas guerras que ya hemos admitido casi como parte de la normalidad: Siria, Sudán, Yemen... Esos países que a veces nos cuesta situar correctamente en los mapas, mientras que ellos, pese a que quizás no pudieron ir a la escuela porque habían sido arrasadas por las bombas, sí saben donde estamos: en la cómoda, rica y muy insolidaria Europa.
Anoche, viendo la foto del cadáver de un niño en una playa turca, recordé la imagen de Kim Phuc. Así se llama la pequeña que en 1972 fue fotografiada desnuda corriendo por una carretera de Vietnam y dolorida por los estragos del napalm en su piel. Como a los periodistas nos gusta contar batallitas, siempre hay alguien que dice que esa imagen ayudó a acelerar el fin de la guerra en el sureste asiático porque abrió los ojos de los estadounidenses. No sé si fue para tanto, pero quiero pensar que sí. Como también pienso que la noche antes de la publicación de esa foto en cientos de periódicos alguien se hizo las mismas preguntas que yo anoche ante el cadáver en la playa.
En todo caso, la decisión la tomé y ya no hay vuelta atrás. Si a alguien le amargué el desayuno, vayan por delante mis disculpas; si alguna conciencia se removió, bienvenido sea el peso del remordimiento. Porque, de verdad, lo que me preocupa es que esta Europa siga desayunando como si nada a sabiendas de que hay un niño, dos, tres... cientos y miles como el de la foto que también soñaban con despertarse y tomarse un vaso de leche y se quedaron por el camino.

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